Meditación del Beato Padre Eustaquio: La Vigilia Pascual

Meditación del Beato Padre Eustaquio: La Vigilia Pascual

Del cuaderno 02 del Padre Eustáquio

Hace apenas unos días, la Santa Iglesia, sumida en el oscuro manto del luto, la consternación y el dolor, lloraba amargamente la muerte del Autor de la vida. Hoy, la religión, engalanada con sus altares y revestida de su brillante esplendor, anuncia la alegría y la plenitud del universo entero, pues el Redentor del mundo ha resucitado del campo de la tristeza. Es propio del orden natural que todo triunfo en este mundo termine en la tumba, que todo brillo y esplendor se desvanezcan con la muerte; pero el triunfo, el brillo y el esplendor de Jesucristo comienzan donde termina el del mundo.

¿Acaso no fue su vida una vida de desprecio, sin estima? ¿Y no encontró siempre más personas que lo insultaran que las que lo honraran? ¿Qué esplendor tuvo su muerte? ¿No fue su muerte la de un condenado, y la cruz, hasta entonces, un infame trozo de madera? Pero del sepulcro, del que suelen emanar putrefacción y hedor, el de Jesucristo exhalaba aroma y dulzura; estaba rodeado por todas partes de esplendor y magnificencia. Hay más señales de vida que de muerte; parece más la cuna de la que brota la nueva vida que el sepulcro del que la muerte aún viene a nuestro encuentro desde lejos.

Aquí no hay tristeza, solo alegría; no hay llanto, solo cantos de júbilo y júbilo. Durante la Semana Santa, mostramos a Jesús su bondad y su gran amor por la humanidad; el día de su Resurrección, nos demuestra su omnipotencia. Los milagros que Jesús realizó en su vida son asombrosos: dio vista a los ciegos, voz a los mudos, caminar a los paralíticos, oír a los sordos e incluso dar vida a los muertos. Pero dar vida de esta manera, después de la muerte, es un milagro que supera a todos los demás, los supera en esplendor, los supera en prueba, los supera en la manifestación de la divinidad de Jesucristo.

Es este gran milagro el que, a lo largo de los siglos, ha hecho aceptable la fe, ha confirmado el cristianismo, ha autenticado el Evangelio, ha sido la enseñanza de los sencillos, ha convertido a los incrédulos, ha santificado a los pecadores, ha consolado a los justos, ha abierto el Cielo, ha exaltado a la humanidad y, finalmente, ha transformado la faz del universo. Bendito sea, pues, el tiempo, el día y la hora en que se realizó este gran y santo milagro. Ante este misterio, pues, prestemos atención a la santa advertencia del Evangelio: “Despojaos del viejo hombre y vestíos del nuevo”.”

Del viejo hombre, más tibio que ferviente, que prefería la mala compañía a la buena, el pecado a la virtud; que buscaba el mundo más que a Dios; el viejo hombre que siempre se considera lo suficientemente fuerte para servir al mundo y demasiado débil para servir a Dios. El Evangelio nos dice que debemos despojarnos de este hombre y revestirnos del hombre nuevo: que nunca se cansa de servir a Dios; que no busca sus triunfos en el mundo; que no desea otro camino que el de la Santa Cruz; que no espera otra felicidad que la eterna; que nunca se desanima, ni en la vida ni en la muerte; cuya fe inquebrantable y esperanza infinita están siempre con Jesús, y con Jesús resucitado.