Del cuaderno 34 del Padre Eustáquio
Meditar en la Pasión de Jesucristo: ¿qué tema podría ser más digno de nuestra reflexión, más capaz de ocupar nuestra mente, conmover nuestro corazón, avivar y revitalizar nuestros sentimientos, y producir en nosotros las impresiones más saludables? La Pasión de Jesús nos hace conocer el inmenso amor que Dios nos tiene. ¿Y qué mayor prueba podría darnos de su amor que morir por nosotros? Reflexionar sobre la Pasión de Jesús nos hace conocer la excelencia y el valor de nuestras almas. ¿Cuál es nuestro valor? ¿Cuánto valemos a los ojos de Dios mismo? Mira a qué precio fuiste redimido.
La contemplación de la Pasión de Jesús nos hace conscientes de la enormidad y el horror absoluto del pecado; a través de ella, también podemos comprender el rigor inconmensurable de la justicia y la venganza de Dios contra el pecado. ¡Oh, cuán grande es la misericordia que resplandece como un sol radiante en la Pasión de Jesús! ¡Cuán profunda es la fuente de gracia que hallamos en la Pasión de Jesucristo! Consideremos, pues, y meditemos con gran atención, con la ayuda de nuestra Madre María, sobre la Pasión de Jesús.
Supongo, queridos hermanos, que no es la primera vez que meditan sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Seguramente, muchas veces se han imaginado siguiéndolo con gran dolor en el corazón, con lágrimas en los ojos, siguiendo los pasos de su Salvador sufriente. ¡Cuántas veces, en su meditación, se han imaginado subiendo al doloroso Calvario, donde florecen tantas flores rojas como la sangre, nacidas de la Sangre de nuestro Salvador! Pero, al seguir a Jesús una vez más, obtendrán nuevas gracias, nuevas fuerzas, nuevos consuelos. Aunque la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo se extiende desde el humilde pesebre de Belén hasta la cruz sangrienta, contentémonos, por ahora, con los últimos momentos de su Pasión.
Si deseamos obtener muchos frutos de esta meditación, seamos atentos como Nuestra Señora, la Madre más dolorosa de Jesús; compasivos como Verónica; contritos como María Magdalena; confiando en la muerte y Pasión de Jesús, como el buen ladrón. Después de un viaje de dolor y sufrimiento, Jesús llegó al Monte Calvario, situado a las afueras de Jerusalén. El arduo viaje había agotado las fuerzas de Nuestro Señor Jesucristo. Con aún mayor dificultad, subió al Calvario, cargando la pesada cruz sobre sus hombros. Tan pronto como llegó al Calvario, completamente exhausto por el dolor y la fatiga, le dieron a beber vino mezclado con hiel, como era costumbre ofrecer a los condenados a la cruz, para aliviar su dolor. Jesús, sin embargo, queriendo sufrir sin alivio, solo lo probó y se negó a beberlo.
Entonces, con la multitud formando un círculo alrededor de Nuestro Señor, los soldados le arrancaron las vestiduras, desgarrando su cuerpo ya herido y lacerado; y, junto con las vestiduras, también le arrancaron trozos de carne. Jesús se tendió, como un cordero inocente, en la santa cruz; extendió sus brazos, y los soldados, furiosos, tomaron los clavos y los martillos y, traspasando las manos y los pies de nuestro Salvador, lo clavaron en la cruz. San Bernardo afirma que, en la crucifixión de Jesús, los verdugos usaron clavos sin filo para causarle un dolor aún más violento. El sonido de los golpes de martillo resuena por la montaña y llega a los oídos de María. Oh, Madre mía, María, ¿por qué te atormentan de tal manera, siendo tan inocente? Son mis manos culpables las que tantas veces se han entregado al pecado.
¿Por qué estos clavos traspasan estos santos pies, que tantas veces se han cansado en la búsqueda de la oveja perdida? Oh María, son mis pies los culpables, tan a menudo cansados en la persecución del pecado. Oh cabeza de mi Jesús, ¿por qué estás coronada así? ¿Por qué te hieren estas afiladas espinas? ¿Por qué fluye esta sangre a raudales de tu sagrada cabeza? Son mis pecados, mis pensamientos, mis malos deseos, mi orgullo los que te han hecho sufrir tanto. Oh Jesús, aquí están mis manos, mis pies, mi cabeza: hiérelos, pero perdóname en la eternidad. He aquí, levantan la cruz con el Crucificado y la dejan caer con fuerza en el agujero abierto en la roca. Luego la llenan de piedras y palos, y Jesús permanece suspendido en la cruz entre dos ladrones. ¡Oh Dios, cuánto sufre nuestro Salvador moribundo en la cruz! Cada parte de su cuerpo tiene sus dolores, y uno no puede aliviar al otro, porque sus manos y pies están firmemente clavados.
En cada instante, sufre dolores mortales. A veces se sostiene sobre sus manos, a veces sobre sus pies; pero, en cualquier posición, el dolor aumenta, porque el cuerpo santísimo de Jesús descansa sobre sus propias heridas. Con todos estos sufrimientos, Jesús llega al límite de sus fuerzas, y la sed lo atormenta.
Levantando ligeramente la cabeza, grita: "Tengo sed".
Allí había una jarra llena de vinagre. Empaparon una esponja en él y, atándola a una rama de hisopo, se la acercaron a la boca. Oh Jesús, en este momento imagino que escucho la misma voz otra vez: —Tengo sed.
Tengo sed de vuestras almas, pobres pecadores sepultados en el pecado; tengo sed de las almas de los niños inocentes que aún no han sido bautizados; tengo sed de los corazones que hace tiempo que no reciben la Sagrada Comunión; tengo sed de las almas que están en peligro de morir y no quieren reconciliarse conmigo; tengo sed del consuelo de mis hijos e hijas en el Santísimo Sacramento del altar. ¿Acaso también nosotros saciamos la sed de Jesús con vinagre, con un corazón frío, sin comunión, sin confesión?
Hermanos y hermanas, saciemos en estos días esta sed de Nuestro Señor Jesucristo. Saciémosla purificando nuestros corazones de nuestros pecados. Saciémosla cumpliendo la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, que es la sed de las almas, la sed de nuestra salvación, la sed de nuestra gloria.
Amén.