La castidad en nuestra Iglesia significa proteger y defender nuestro mayor tesoro: el amor. Defiende el amor de las consecuencias del egoísmo y la agresión. Ser casto es salvaguardar el don más preciado que hemos recibido: el don del amor.
El Padre Eustáquio, en uno de sus escritos, nos invita a vivir en castidad, como lo hizo Nuestra Señora. Para ello, necesitamos tanto nuestro esfuerzo personal como nuestra experiencia en la Iglesia.
Lea el texto que escribió en su totalidad:
La Santísima Virgen María hablaba poco, y lo poco que hablaba lo hacía con gran deliberación.
La virgen castísima se turbó cuando el Arcángel se le apareció en la Cámara. ¿Deseas vencer el vicio y preservar la castidad en medio de las muchas trampas y ataduras que te tienden en esta época? Mortifica tus sentidos; cuida especialmente tu mirada, mediante la modestia; evita las intimidades frívolas e ilícitas, sobre todo con personas del sexo opuesto, y crece en el santo temor y amor de Dios.
Pero esto no basta: el congregante, amante de la pureza, se encomienda a un buen director espiritual. Recurriendo a la confesión semanal o quincenal, confiesa sus pecados y habla con debilidad y sencillez, como un enfermo que revela sus heridas, y, con todos los escrúpulos de conciencia, se somete resuelta y serenamente a la guía de su confesor.
Finalmente, para preservar la pureza del alma, la comunión frecuente es sumamente necesaria. Y esa hostia pura, santa e inmaculada une a Dios con nosotros; nos vincula, con los lazos más dulces, al autor de toda pureza y santidad. Aquí viene Jesús a comunicarnos verdaderos frutos de vida; aquí quiere purificar nuestra alma; purificarla, encenderla y transformarla por completo en el fuego del amor divino y en el odio al amor impuro.
“Sí”, dice san Francisco de Sales, «también aquí llegarás a ser completamente bello, bueno, puro y casto».”
Hijas de María Santísima, ya saben cuánto estima Nuestra Señora la santa pureza y castidad; conocen los medios eficaces para preservarla. Les queda pedir instintivamente al Cielo un gran amor por esta virtud.
En todas las tentaciones, acude a la Virgen Inmaculada, lucha con confianza bajo su poderosa protección y vencerás, pues ella te conducirá a la victoria y a la corona de la vida eterna. ¡Amén!