La vocación es un don de pura gracia de Dios, dirigido a la humanidad y con el deseo de llamarla a contar con Él en su plan de amor. En algún momento de la vida, podemos detenernos a preguntarnos sobre el sentido de nuestra existencia, qué fuimos llamados a hacer para marcar nuestro paso por este mundo. Las inquietudes que llevamos en el corazón son toques de Dios en nuestras vidas, es su voz que nos llama. Al Señor que llama, debemos responder.
Cuando hablamos de dones, palabras como servicio, talento, algo que se da, pueden venir inmediatamente a la mente. En nuestra vida diaria, a veces decimos: Fulano canta tan bien que tiene un don. Entendemos que un don es algo muy específico, una característica destacada en una persona. De igual manera, cuando hablamos de vocación, entramos en la dinámica de los dones, pues entendemos que la vocación es un llamado de Dios, el Señor, quien, por pura gracia, nos llama y desea contar con nosotros en su proyecto de amor.
De muchas maneras, Dios nos habla al corazón, a menudo en las cosas más sencillas de la vida. Cuando hablamos de llamado, ciertamente podemos caer en la tentación de imaginar las situaciones más fantásticas, incluso con elementos sobrenaturales. Sin embargo, el Señor puede hablarnos con fuerza de diversas maneras: en nuestra capacidad de ser sensibles a las situaciones de injusticia, dolor y miseria humana. También en la alegría de la vida comunitaria, sintiéndonos tocados por el Señor en la belleza de la liturgia de la Santa Misa, en la predicación de mi párroco, en el ejemplo de vida de un santo al que soy devoto. Estas son las realidades que, en la dinámica del llamado, nos llevan a cuestionar el sentido de nuestras vidas, por qué vinimos a este mundo, cómo marcaremos nuestro camino en esta tierra.
La vocación siempre estará en el ámbito del misterio, en la relación entre el hombre y Dios. Lo cierto es que todo ser humano lleva dentro una sed de Dios. San Agustín, expresando bien esta realidad, dijo: “Has creado mi corazón para ti, Señor, y mi corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. Ante el Señor que llama, cada uno debe dar su respuesta. Lo cierto es que no es una respuesta estática, sino que se renueva cada día, en las situaciones cotidianas que cuestionan mi elección, que desafían mi fe y mi opción por Jesucristo.
Finalmente, ante el don de la vocación, esta acción misteriosa del Creador en el corazón humano, nuestra actitud debe ser siempre de entrega y confianza. Las inquietudes conmueven el espíritu; el miedo y la incertidumbre ante tantas posibilidades pueden hablar con fuerza en el proceso de discernimiento. Solo es posible escuchar con claridad la llamada cuando, ante las realidades que nos desafían, somos capaces de guardar silencio y, mediante la oración, buscamos conocer la voluntad de Dios para nuestras vidas. Toda decisión requiere discernimiento, toda elección de vida conlleva sus desafíos, pero cuando se encuentra la vocación a la que Dios llama, la felicidad está garantizada.
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