No es de extrañar que el Beato Padre Eustaquio, perteneciente a la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, tuviera una verdadera y filial devoción a la Virgen María.
Son muchos los escritos del Santísimo sobre Nuestra Señora, como por ejemplo éste: “Quiera Dios que los católicos de nuestro tiempo se regocijen como eco celestial de sus oraciones aquí en la tierra, especialmente de su rosario, rezando devotamente cada día en alabanza de esa santa y buena Madre, de quien tanto hablamos y predicamos. Pero nunca es demasiado, nunca es suficiente, porque ella es la reina del rosario, la reina de la gracia, la fuente inagotable de bondad y de ayuda.
La devoción del Beato Padre Eustaquio a la Madre de Jesús se puede ver también en el siguiente texto: “Examina si no hay un dolor, una cruz que busques alivio; pídelo, pídelo a tu madre, a tu Madre de Lourdes, y Ella te lo concederá con gran placer, con gran alegría. Si visitamos en espíritu el lugar de los milagros, no olvidemos las palabras que nuestra madre dirigió tan solemnemente a Bernadette, para que las transmitiera a toda la posteridad: ¡Yo soy la Inmaculada Concepción!”
Para el Padre Eustáquio, cualquiera que sea el título que reciba la Santísima Virgen María, siempre destacará uno:
“En efecto, oyentes, lo encontramos todo en Nuestra Señora, y los títulos que la letanía le atribuye deberían darnos plena confianza. Sin embargo, el título que inspira mayor confianza es este de madre!”